martes, 25 de noviembre de 2014

Cometario sobre la película “Carretera Perdida” de David Lynch

La película Carretera Perdida es una obra que me trasmitió muchas emociones al momento de observarla; al principio no entendía mucho, tal vez estuve en el papel del personaje principal, que como yo, en ese momento no comprendía bien lo que pasaba. Este tipo de cine me llama demasiado la atención, al ser un cine de temática psicológica lo encamina a uno como espectador por un laberinto de interpretaciones y emociones que hacen vivir el film de una manera sensitiva.

Fred, el personaje principal, es un hombre con un mundo, o tal vez varios mundos en su mente; él vive en un sitio que puede palpar y que es su realidad, a la vez deambula en un universo dentro de las cavernas de su mente; en ese lugar, Fred hace lo que no haría como el hombre de su realidad.

La relación con su esposa es una relación fría, que no le permite vivir momentos como tener relaciones sexuales por, quizás, los celos que siente al saber su pasado o por los miedos que carga que no dejan que viva en el presente y tenga en su mente un pasado constante que transita en círculos.

Para mí, Fred es un hombre inseguro, que no puede distinguir entre lo real y lo ficticio. Se asemeja a ese hombre que somos todos en algún momento de la vida; ese hombre que se deja gobernar por la mente, una mente que lo lleva a vivir sujeto a sus temores. Precisamente, el hombre de la cara blanca que se le aparece a Fred, era esa conciencia, ese amo que lo llevaba a vivir esclavo de sí mismo; ese amo que lo manipulaba, ese amo es como una enfermedad que lo hacía ir de su mundo real a aventurarse en su espacio mental independiente.

En mi concepto, creo que todos los sucesos de muertes y encarcelamiento fueron imaginados por Fred, me baso en el hecho que la película comienza y termina con la misma escena, solo que los planos y ambientes son distintos. Creo que Fred vivió en su mente toda la historia, pero sin duda, su viaje mental es la recreación de todos los deseos más internos que tiene ese hombre por el sufrimiento de vivir una vida insatisfecha.

Como Fred, algunas veces recordamos solo lo que queremos; nos negamos a aceptar o dar por ciertas algunas cosas que no queremos reconocer. Fred es la representación del hombre y su psicología diversa y enigmática; todos podemos ser Fred, puedo ser yo o el que va sentado al lado mío en un bus, puede ser el celador de la portería de la universidad donde estudio o la vecina que siempre es amable. Pero sin duda en todos los lugares donde nos encontramos podrá haber un Fred en silencio, mirándonos a los ojos sin dar la más mínima pista para reconocerlo.


Por Jonathan Henao Saldarriaga

martes, 10 de junio de 2014

Creación de un nuevo capítulo para adaptarlo a la obra El Mono Gramático de Octavio Paz

 El Mono Gramático
11.1
Mientras las sombras se aquietan y el fuego se va extinguiendo poco a poco, el hombre, arrodillado, devora el cuerpo de Esplendor, mastica sus senos, arranca sus orejas, come sus sesos y bebe su sangre. A la vez, un color rojo opaco se esparce como una nube gigante en el muro. El asesino continúa con su grotesco acto, en el momento que come el último pedazo del cadáver, una luz blanca y potente ilumina la escena. 

Ahora solo el hombre y su cuerpo en sangrado son visibles, esta luz es un grito acusador que resalta las evidencias para culparlo de lo cometido. Asediado y acorralado por la luz, el desesperado hombre comienza a retorcerse en el piso, es su conciencia quien lo persigue, comienza a vomitar en enormes bocanadas las partes del cuerpo una tras otra. Partes que son líneas, líneas que forman grietas profundas, son manchas grises, negras y terracotas que adornan un aspecto sucio; son partes de una parte que no es parte, es todo, y es un todo que ahora es nada.

El hombre ha perdido la batalla con su mente, ha quedado vacío, ha vomitado su cerebro. Ya no tiene ojos, ni nariz, no tiene orejas, solo tiene boca y cuerpo, cuerpo que es devorado por su propia boca, una asesina que mastica su tronco, sus brazos y sus piernas. Se consume a sí mismo, se traga su existencia, castiga su ambición y apremia su gula. Desaparece, es inexistencia.

Gusanos enormes como ratas adultas tragan el vomito, lo saborean, lo disfrutan. Se enfrentan en batallas a muerte por las mejores partes; comen, pelean, vomitan y comen; se embarcan en un círculo vicioso hasta hincharse como si fueran cerdos y revientan. Al reventar sus robustas formas, fluye de ellas agua cristalina.

Ya nada es todo y todo es nada. Líneas que se confunden, se cruzan unas con las otras, la humedad y la mugre forman un universo de suciedad y ruinas. Ruinas que crean diferencias según la intención de las pupilas que las digieren. Momentos que se disipan y se camuflan; verdes que son azules, cafés que son amarillos, negros que son trasparentes; transparencias que evidencian procederes, procederes que niegan actos.

Grumos de polvo mojado, asperezas pegachentas, lisas, babosas. No es moho ni pantano. Es el esperma de una sombra que fornica con su compañera, una sombra que es su reflejo; son ríos gigantes de un semen espeso y amarillento que brota por las orejas, la nariz y los ojos de la amante apasionada. El semen no es otra cosa que soledad, la sombra es silencio que acompaña a esa soledad. Son uno, son deterioro, son abandono. 

Por Jonathan Henao Saldarriaga


sábado, 11 de mayo de 2013

Crónica


EL DÍA EN QUE GUADUAS CONOCIÓ EL INFIERNO
Panorámica desde el Alto de Guaduas
Monte arriba corría Isabel Osorio de 38 años,  de cabello castaño claro, mejillas coloradas y cuerpo robusto, tratando de salvarse de la muerte, estaba dejando atrás toda  una vida, una historia que había comenzado a construir desde niña. Mientras avanzaba a paso firme junto a los demás habitantes de Guaduas, por su mente pasaban muchos pensamientos. Recordaba cuando su padre, un anciano de 73 años, en el lecho de la muerte le dijo “mija ahí le dejo años de trabajo, en sus manos tiene todo lo que hicimos su mamá y yo en la vida. Mientras tenga bien la tierrita  nunca pasará una necesidad” lo recuerda allí  acostado en un catre armado por palos de guaduas y troncos de madera, en una casita al lado de la cañada, de paredes echas de boñiga y techo  de tejas de zinc, la cual siempre estaba pintada de color blanco en sus interiores, un blanco hueso que se combinaba con el naranjado de las paredes de la fachada.
Como si viviera de nuevo esos momentos, ve a su madre lavando el arroz para sacarle los gorgojos, sentada en una mecedora de madera color azul en el corredor al lado de la cocina de leña, mientras ella cocía una blusa de flores que le había obsequiado su abuelo por su cumpleaños número doce. Atrás estaba dejando el lugar en que había sepultado a sus padres y parido a sus dos hijos  y lo que como  pudo cuidó y construyó a lo largo de años de trabajo duro. Sabía que no podía desfallecer  y que sus hijos, una niña y un niño de 14 y 13 años respectivamente, la esperaban en El Carmen, donde los había mandado luego de los rumores que decían que los “paracos” se iban a meter a la vereda a "ajusticiar" a los que ellos llamaban los sapos de la guerrilla. Isabel no corría sola, ella lo hacía con los demás hombres y mujeres que también lo perderían todo.
Lo que dejaban atrás
Guaduas, vereda de El Carmen de Atrato, pueblo del departamento de Chocó, construida por campesinos trabajadores de la minería y la agricultura. Era un lugar  rodeado por montañas y selva, sus alrededores se caracterizaban por verdes oscuros, claros, el colorido de las flores, el azul cristalino del agua del Rio Grande. El café del pantano espeso que en ocasiones quería tragarse carros y personas que se osaban a aventurar en el. Si algo beneficiaba este lugar era su riqueza forestal y su gran variedad de especies de aves y todo tipo de animales silvestres, tierra del tigrillo colombiano y las serpientes más mortíferas.
Allí vivían personas trabajadoras, campesinos que con esfuerzo construían lo que para ellos era su vida, su pedacito de mundo. De 6 de la mañana a 5 de la tarde se esforzaban por labrar la tierra, a sus espaldas llevaban sus más fieles compañeros, azadones, hachas, costales para la recolección y el abono de los cultivos y demás utensilios para el trabajo del campo. También estaban los que cuidaban el ganado y ordeñaban las vacas en la mañana y en la tarde, amas de casa que se montaban al hombro grandes cargas de leña y despachaban a  los niños que asistían a la escuelita al frente del único billar con que contaba la población.
Eran paso obligatorio de todo habitante de la vereda, sus húmedos bosques, sus enormes potreros en lomas y llanuras, también se debían cruzar nacimientos de agua y sus quebradas El Pedral, La Bomba, La Albería, La Empresa y el Rio Guaduas, para ir de un lugar a otro además de sus enigmáticos caminos de herradura; donde según los cuentos de los ancianos y algunos adultos, aparecían duendes, personajes como la Pata Sola, el Mohán, la Llorona y los demás llamados “espantos” de múltiples mitos y leyendas que la cultura ha creado en el territorio latinoamericano.  
Un lugar extenso, su sitio más poblado estaba comprendido por algunas casas de cemento, otras armadas en madera y algunas otras en madera y boñiga. El resto del lugar era conformado por algunas casas en los alrededores, separadas por  grandes distancias, unas en el monte, otras en enormes fincas ganaderas y las demás encaramadas en lomas, casi con las plantas y árboles metidas en las cocinas de leña y los patios en tierra.
Un ambiente muy acogedor a pesar de su grandeza; tenía el encanto de hacer sentir libre al que pisara sus tierras y recorriera sus pastos. Era lejano a cualquier otro sitio poblado por personas, y el acceso a este no era fácil ni para los más experimentados choferes; quien quisiera llegar a Guaduas, tenía que cruzar por estrechas carreteras sin pavimento y con abismos que iban a dar a los caudalosos ríos que adornaban el paisaje del departamento. Hermosos paisajes envolvían la atención de los despistados, en ocasiones si alguien se quedaba mirando a lo lejos, podía sentir miedo de verse tan pequeño en un sitio tan imponente y misterioso.
El único peligro al que se temía, era el de perderse en medio de tanto árbol y tanta espesura, las serpientes también causaban miedo, alguna que otra vez se podían ver enormes mata ganado de casi dos metros, muertas por un machetazo en los caminos de herradura.
Este lugar era una mezcla de selva y casas campesinas, su gente vivía con lo básico; el agua que nacía en las cumbres de los montes y la leña que se usaba para prender fogones y cocinar los alimentos. Los campesinos, católicos en su mayoría, veneraban a La Virgen del Carmen, a la cual le tenían gran fe y a la que se le oraba en familia con devoción a la luz de una vela o en la penumbra antes de dormir. En momentos de dificultad o en agradecimiento a algún favor, siempre estaba presente su fe ante ella. Como también siempre estaba colgando de sus cuellos un escapulario, para protección de los duendes o los malos espíritus y  de cualquier peligro, escapularios que eran bendecidos con agua bendita por el cura de la parroquia de la vereda, un santuario sencillo y pequeño; de cemento, con muros pintados de color café y tejas de eternit. Allí ningún domingo era indiferente, sus devotos siempre  dedicaban el horario de las 11 de la mañana de este día para agradecer a Dios por la culminación de una semana dura de trabajo y el inicio de la siguiente.
Espacios de fiesta y diversión
Como era costumbre ir a la misa del domingo, también lo eran las fiestas en el billar, una casa grande construida en madera, de dos pisos, en el primero se vendía el trago y las golosinas, en el segundo estaba la mesa de billar. Gran parte de los guadueños estaban allí riendo, tomando trago y cantando vallenatos; Yurany Saldarriaga atendía la tienda y ponía las canciones de Rafael Orozco, Diomedes Díaz y  muchos más artistas vallenateros, también se escuchaba música carrilera, de despecho y temas folklóricos colombianos. “Eso era una rumba y una alegría muy grande en ese billar, era un buen negocio y todos nos divertíamos mucho ahí, una nostalgia muy grande se apodera de uno cuando recuerda como éramos en Guaduas en esa época” comenta Yurany, mientras su mirada se aleja como si buscara esos instantes y los viviera nuevamente.
Mientras algunos hombres y mujeres compartían en el billar, otros estaban en la cancha diagonal a este, caracterizada por la tierra amarilla  y arcos sin mallas, en ella se realizaban partidos de futbol, en estos competían las mujeres contra los hombres más “troncos” como le decían a los que con solo patear el balón lo mandaban a los potreros vecinos. Los que sí eran capaces de meter un gol sin fracturar a las defensas o al arquero, esperaban al equipo ganador de este enfrentamiento deportivo para debatirse en una final de titanes, donde hasta el más ágil podía correr el riesgo de quedar cojo por varios días.
Los niños más pequeños también tenían su medio de entretenimiento, ellos sí que se apasionaban en su combate “corran para abajo que el ejército se nos metió por la Arboleda, avancen a arrastre bajo" o "vamos a emboscar a esos maricas” gritaban los niños jugando al ejército y la guerrilla. Ese era el juego más popular y con el que más se divertían, se tomaban tan enserio este juego, que cada uno tenía un fusil de madera, perfectamente fabricado por ellos o por alguno de sus papás. Para esta época la vereda ya era un campo de batalla, claro que sin muertos y sangre reales.
El rumor
Por El Carmen  y luego por Guaduas cogía fuerza un rumor, en el que según la gente, los paramilitares habían planeado entrar a la vereda para "cuadrar cuentas” con algunas personas, las cuales según ellos, le estaban pasando información a la guerrilla. Lo que más estigmatizaba a esta población era que “mucha gente del grupo guerrillero ERG (Ejército Revolucionario Guevarista) eran personas que habían nacido en Guaduas” como cuenta Francisco Ochoa, un campesino con 63 años, de piel curtida, ojos café claro y cabello canoso.
La gente ya sabía cómo eran los procedimientos de los grupos armados cuando decían que iban a "cuadrar cuentas" con alguien, sí que lo sabían, y sí que lo temían. Por tal motivo, la mayoría de niños con sus familias abandonaron el lugar y se refugiaron en el pueblo; por su parte los demás, escépticos o los que no tenían a donde ir  permanecieron en la vereda. Si bien sabían que de ser cierto ese rumor correrían un enorme peligro, estas personas no se imaginaban el horror al que se verían enfrentados a manos del frente paramilitar Cacique Nutibara de las AUC.  
“Ya a nosotros nos habían dicho que los paracos se iban a meter a la vereda, ellos decían que éramos sapos de la guerrilla, igual no toda la gente prestó atención y no era porque no creyeran, simplemente no tenían para donde coger con sus cosas y sentían que no debían nada”. Cuenta Regina Sánchez, habitante en ese entonces de Guaduas. Si bien dice el dicho que “soldado avisado no muere en guerra”, para algunos este refrán no aplicó.
El día del apocalipsis
El día 18 de abril, del año 1998, a las cinco de la mañana; el demonio de la guerra amenazaba con convertir a Guaduas en un infierno terrenal. En la vereda, solo se podía ver las siluetas negras de las montañas que la acompañaban, permanecía oscura en su mayoría desde aproximadamente las 6:40 de la noche del día anterior, pues solo había algunas plantas de energía eléctrica las cuales eran privilegio de pocos.
A esta hora, Felipe Penagos, un hombre de 27 años, estatura media y cuerpo delgado, que vivía con su hijo de 6 años y su mujer, ensillaba una bestia para partir monte arriba a trabajar. Mientras Felipe se preparaba para su jornada de trabajo, fue abordado por miembros del frente paramilitar Cacique Nutibara que ingresaron a la vereda por la Arboleda “parte alta de Guaduas” a él lo asesinaron sin medir palabras, Felipe fue atado de manos y pies, lo degollaron con una motosierra.
“Cuando a mi esposo lo mataron, estaba en la finca La Mosca, iba a trabajar, él no le debía nada a nadie; yo aún no entiendo porqué me lo mataron así” fueron las palabras de Elisa Zuleta, esposa de Felipe,  mientras mira hacia el techo y seca  con las manos algunas lagrimas. Pero las cosas no acababan ahí, por el contrario, el infierno que se aproximaba era aun peor. Los paramilitares siguieron como un huracán enfurecido acabando con todo a su paso; las balas retumbaban en los oídos de las gentes que silenciosamente, con tal cuidado de no ser descubiertos, se dirigían a la cañada que se situaba a un costado de la vereda para subir por esta y emprender camino por la montaña para refugiarse en las partes altas. Unos se escaparon por La Convención, un cañón por donde se salía al departamento de Antioquia, y otros se fueron por La Puria, una trocha que llevaba a la carretera.
Algunos guadueños permanecían en sus casas, su edad o algún otro motivo no les permitían salir y cayeron en manos de los hombres vestidos de uniforme camuflado, a los que en ocasiones habían atendido por miedo o por amabilidad en sus patios y potreros, ese día estos se transformaban en sus verdugos. Tal fue el caso de Oliva Caro, una anciana de 69 años que presenció la muerte de su hijo, un hombre de 46 años con retraso cognitivo. A ella la dejaron irse, pero con un inmenso dolor, Oliva no solo dejaba su tierra, ella tuvo que dejar el cuerpo de su hijo en el rio, los paramilitares lo habían lanzado por un barranco después de haberlo matado.
"Disfrutaban lo que hacían, torturaron sin motivos. A un joven le abrieron el estomago, le sacaron los intestinos y lo atravesaron con un palo de escoba, luego lo tiraron al rio. Esos no tenían  mente ni corazón, ni mucho menos misericordia" se expresa Blanca Sánchez, de 62 años,  hija, madre y abuela en una de las familias más conocidas y más antiguas en Guaduas.
Casa por casa pasaban tumbando puertas y ventanas, como sabuesos cazando conejos o armadillos, buscaban rincón a rincón a los que según ellos "se las debían". Para las 6:20 de la mañana, ya no se sentían disparos, en la vereda no quedaban campesinos, o por lo menos campesinos vivos, los paramilitares comandados por alias "Tasmania" habían acabado con prácticamente todo.
La gente que no había salido todavía a la carretera, la cual estaba al otro lado de la montaña, pudo observar como las AUC creyéndose dueños de sus vidas, sus animales y sus tierras, prendieron fuego a las aproximadamente sesenta casas; estas en su mayoría de madera, avivaron el fuego. Guaduas parecía una caldera con llamas de extremo a extremo.
El dolor cruzaba el pecho de estos hombres y mujeres con tal intensidad que respirar les era una tarea muy difícil, las lágrimas que caían de sus ojos no eran suficientes para exorcizar lo que  taladraba hasta las más escondidas cavernas de su interior. El peso que cargaban se transformaba en una especie de bulto en la garganta, una sensación que desquebrajada sus palabras y las convertía en lamentos, lamentos llenos de tristeza y otros de rabia al verse indefensos ante semejante acontecimiento. Otros agradecían a la Virgen del Carmen que tenían vida. Isabel Osorio hacia parte de los que vieron el incendio, ella junto a Julio Tuberquia, un hombre de 34 años, corpulento y de estatura alta, ayudaban a algunas personas dándoles animo y alentándolas para seguir monte arriba hasta llegar a la carretera y estar a salvo.
"Uno sentía mucha tristeza, a pesar que lo perdimos todo, lo más duro fue ver como mataban personas que eran nuestros vecinos, amigos y familia. Esas sí que son heridas que quedan en el corazón hasta que ya se deje de habitar este mundo". Comenta  Isabel Osorio.
Cuando salieron a la carretera, sintieron un alivio de saberse a salvo; caminaron por largas horas, lograron llegar a su destino y se encontraron con sus seres queridos. Los tres días siguientes al desplazamiento y la destrucción perpetrada por el frente Cacique Nutibara, la devastada vereda sirvió de hospedaje para este grupo paramilitar, responsable de dejar en ruinas a lo que sería el hogar de más de sesenta familias. Los meses siguientes, Guaduas era una vereda fantasma. En su cancha, su escuela, su billar y su iglesia, solo reinaba el silencio. Sus caminos de herradura, los potreros y las tierras, se convertirían en campamentos y propiedad de la guerrilla por largo tiempo.
Memoria del pasado y reconstrucción de un presente
Pasaron siete años para que Guaduas volviera a recibir a algunos de sus antiguos habitantes, con el plan retorno, encabezado por el ex presidente Álvaro Uribe Vélez y el Ejercito Nacional, se logró devolver las tierras a los campesinos desplazados por las AUC.
A la vereda fueron retornando paulatinamente sus habitantes, si bien cuando llegaron, encontraron un lugar muy diferente al de antes, casi todas las casas estaban caídas y la intemperie había debilitado las demás estructuras, ellos volvieron a parar sus casas y comenzaron de nuevo el trabajo en los campos de cultivo, la cría de ganado y volvieron a trabajar la minería en el rio.
Aunque  no es fácil volver a ser los mismos de antes, pues no todos han regresado, algunos están viviendo en la ciudad de  Medellín o en otras ciudades del país, los pobladores de Guaduas, trabajan para que el lugar que los vio nacer y vio crecer a sus familias sea cada día mejor.
Hoy catorce años después, este azotado rincón del país conoce qué es tener un circuito eléctrico en todas sus casas. Hace catorce meses, gracias a un acuerdo entre el anterior Gobierno y el desmovilizado grupo guerrillero ERG, que en su mayoría son oriundos de este lugar, la vereda recibe ayuda del Estado para la restauración de algunos espacios y servicio de electricidad.

Por Jonathan Henao Saldarriaga


Crónica


Modus operandi de la delincuencia común en Bolívar Prado Medellín

Centro Comercial Los Puentes, plataforma B. /FOTO JONATHAN HENAO.

8:00 de la mañana. Ha salido el sol en la ciudad de Medellín y en el sector de los puentes, Prado Centro, se prenden motores para iniciar el día laboral y con él, la “actividad económica” más rentable y que más clientes atrae, y no es la venta de CD´s piratas o los productos usados de todos los tamaños y usos que se encuentran en el piso o en los pequeños locales, esta es la venta de alucinógenos que mueve gran parte del dinero que llega a este lugar.

Al sector llegan clientes en motocicletas, transeúntes y conductores de todo tipo de carros, desde Renault 4 hasta las más lujosas camionetas. Al llegar los clientes, los vendedores se acercan, reciben el pedido e ingresan al Centro Comercial Los Puentes, plataforma B, donde guardan la droga en botes de basura, grietas en los muros, materas y demás lugares. Estos han aprendido a arreglárselas para esconder en lugares inimaginables su “mercancía”, y así esquivar las constantes llegadas de la policía para hacer requisas y tratar de cogerlos “con las manos en la masa”.

Habitantes de la calle del sector. /FOTO JONATHAN HENAO.

Este ambiente es muy distinto al que comúnmente vivimos la mayoría de ciudadanos, es un universo completamente diverso; en las personas se pueden apreciar rostros cansados, algunos transmiten humildad, otros rabia y mal humor; aquí todo es muy complejo, pues es solo un punto de todo el sector conocido como Bolívar Prado.

Caminando un poco hacia las calles justo debajo del carril del Metro, resulta extraño el contraste al ver pasar por encima de nuestras miradas un símbolo de progreso para la ciudad, caracterizado por la cultura y la limpieza de rincón a rincón; al bajar la mirada se divisan unas calles sucias, con olor a orines y a excremento humano en gran parte de ellas. El colorido paisaje es adornado por el color de las frutas y hortalizas que hombres y mujeres ofrecen en carretas al lado de la calle; podría asegurar que es uno de los sectores con más panaderías y ventas de todo tipo que existe el centro de la ciudad.

Cada diez pasos se escuchan diferentes ritmos musicales, canciones de Diomedes Díaz, Darío Gómez, Arcángel, Grupo Niche y muchos otros, son sonadas en grabadoras de venteros de música, películas y videojuegos a lado y lado de los andenes.

En cada esquina hay hombres y mujeres con aspecto desarreglado y con caras de malandrines esperando como gallinazos en acecho de la carroña a que pase alguna persona por su lado para decirle entre dientes y en tono de secreto “le tengo armaditos, ¿qué busca?”. En este lugar también están los habitantes de la calle, que recientemente han cobrado gran importancia en las ollas de vicio del sector; estos en sus ropas mugrientas, sus bolsas o costales y en sus cambuches, han comenzado a prestar el servicio de guardar la droga a los venteros de vicio y así evadir los controles realizados por los miembros de la policía.

Kewy es uno de ellos, tiene 15 años, él se beneficia de esta nueva táctica delincuencial, “yo solo les guardo los baretos a los manes y ellos me dan un porcentaje mínimo de lo que vendan o me pagan con marihuana” comenta. No todos tienen la oportunidad que tiene este personaje, sólo los dueños de la confianza de los miembros de las ollas tienen este “trabajo”. Los más pilosos y pendientes de la llegada de “los tombos” entran en este sistema. 





Calle que conduce a los bares del sector de las Empresas Públicas. /FOTO JONATHAN HENAO.

Las horas transcurren y el sol se encuentra encima de las cabezas de las personas, en este lugar las cosas no se quedan quietas, todo va a gran velocidad. ¡Pedro, Pedro! Gritan algunos indigentes, están avisando la llegada de la policía; todos reaccionan rápidamente, se dispersan y algunos alcanzar a esconder lo que tengan de droga. Mucha de ella está a salvo debajo de piedras y en llantas viejas de carro custodiadas por los habitantes de calle que están tirados en el piso o sentados al lado de una bodega de reciclaje al frente del lugar donde se está realizando la requisa.

Por ahora todo salió bien y continúa la normalidad, luego de la última visita de la policía, los hombres vienen a pedir la droga a Kewy en cuenta gotas por cada comprador que aparezca; no se quieren arriesgar. Este negocio transcurre con un equilibrio casi sin interrupciones. “La venta de droga es normal acá, mucha gente compra, otros no, los mismo pelaos me compran jugos a mí, es algo de todos los días, hace parte de la economía” comenta entre risas Teresa Suárez, dueña de un local de jugos.

Comienza a atardecer y la policía llega nuevamente, pero esta vez no sólo requisa en los puentes, ahora ha puesto sus ojos en los habitantes de la calle; llegan donde Kewy y le ordenan que vacíe la bolsa que tiene, él se niega y entonces le ordenan que la bote en uno de los basureros de la bodega de reciclaje, él hace caso, sabe que no perderá nada en hacerlo. Los policías hacen lo mismo con los demás indigentes, sin dar con la droga terminan y se van.


Por este día la estrategia con los habitantes de la calle a funcionado nuevamente; Kewy recibe unas monedas y los vendedores se van a otros sectores o a pequeños kioscos que están debajo del metro.

6:45 pm. Entra la noche y con esta nace un nuevo mundo, las calles ahora tienen muchas más personas que en la mañana y en la tarde, estas se llenan de ventas de chorizos en carritos de fritanga, trabajadoras sexuales al acecho de clientes; mucha gente espera en los paraderos de buses, grupos de travestis muestran sus cuerpos con diminutas blusas y faldas en la llamada “calle del pecado”. Algunas personas llegan, otros se van, para algunos ha terminado la labor y para otros apenas comienza en los casinos, bares, hoteles, esquinas, y así sucesivamente se repite el día a día en un lugar que para algunos representa lo más parecido al infierno y para otros lo más cercano al cielo.

Por Jonathan Henao Saldarriaga.



viernes, 10 de mayo de 2013

Ensayo sobre la película Solaris (Cine Psicológico)


SOLARIS
Cuando vi esta película, hice referencia no solo con un duelo al perder a un ser amado, como lo mostraba la película, sino que además me fui a ese hombre interno que tengo; un hombre muy parecido al interpretado por George Clooney en esta cinta. Pensé que ese querer huir de la realidad está en mí, y no solo en mí, está en muchas personas que nos vamos a otros espacios mentales y con eso queremos huir a nuestros problemas y nuestras inseguridades.

Acá en frente de esta pantalla, me queda difícil escribir lo que siento frente a lo que vi allí y lo que vivo ahora; fue tan revelador su mensaje y tan propicio para mí. Cuando vives encarcelado en tu propia mente, solo ves lo que está en tu imaginación y lo que querrías ser  y hacer; te niegas a lo que es y haces ahora, y lo peor reniegas de ello.

Muchas veces, casi siempre, voy sentado en la silla de atrás del bus de mi ruta, miro por la ventana y pienso en lo que no puedo ser y lo que quisiera tener; simplemente dejo mi cuerpo en esa silla y me voy por 45 minutos que dura el recorrido del bus hasta mi casa. Cuando regreso a mí y me bajo del bus, no me doy cuenta de los 45 minutos de recorrido que dejé de vivir en mi mundo real por estar en mi Solaris. Normalmente cuando estoy sólo nunca estoy aquí, siempre estoy allá.

Hace algunos días, después de recibir mi clase de hermenéutica, iba en el bus y me estaba yendo a mi Solaris, cuando analizando el tema expuesto en esa clase pensé “estoy aquí viajando con un montón de gente, pero no estoy con ellos, es más, no estoy en este bus; estoy en la búsqueda constante de algo que no existe, que está en mi mente, me estoy negando a vivir mi realidad mi mundo” en ese momento volví a mirar hacia dentro del bus; me di cuenta que siempre que me monto me hago al lado de la ventana y miro hacia afuera como si quisiera alejarme y rechazar ese momento.

Es algo loco, sí, tal vez muchas de las cosas que vivo están enmarcadas en el rechazo, en la falsa protesta por el desacuerdo con mi vida. Pero lo malo es que no protesto con acciones que me ayuden a cambiar mi estado, lo hago con pensamientos  pesimistas y codiciosos, acciones mal agradecidas con lo que tengo y lo que puedo hacer.

Soy alguien con muchos mundos y una vida, vida que en muchas oportunidades he dejado de vivir por ir a esos mundos allá adentro de mi mente, es difícil explicarlo, creo que es más difícil leer esto. Un día cuando estudiaba actuación, algo que me llenaba de paz y emoción, se transformó en un pesado costal que llevaba a mis espaldas. Era el mejor de mi clase, todos me alababan, yo trataba de ser humilde y de pronto ese talento me trajo problemas y mucho peso de ese costal era gracias a que me sentía obligado a ser el mejor y responder con grandes actuaciones a los comentarios de mis maestros y mis amigos. Fatal compromiso, me subió a lo más alto de la  tarima y luego me arrojo a lo más bajo. Toda esa carga, hoy que la analizo con detenimiento me enseña que debía actuar para mí y no para los demás.

Criarme alejado de mis padres, con inconvenientes desde niño, muchas cosas que si las hubiera seguido no me hubieran permitido vivir. Escribir eso en este momento seria casi apocalíptico y parecería un texto de Tragedia Griega. Me agrada que en este momento sonrío y recuerdo una clase en que la profesora de mi universidad Estella Agudelo, del curso de Hermenéutica, dijo en clase “un buen psicólogo lo que te haría es cogerte del pelo y decirte, venga pues para acá hermano que usted está es viviendo un presente, deje eso atrás” ese día me reí, pues no solo lo dijo sino que parecía actuando cuando se agarró el pelo y lo dijo con esa gracia; en ese momento comprendí que tenía toda la razón, y hablo de comprender usando el significado que aprendí gracias a esas clases.

De un tiempo para acá vengo con una lucha conmigo mismo, no es fácil cambiar todo en un solo decir, pero he dejado atrás muchas ataduras, miedos; aun tengo muchos pero soy consciente de ello. Hoy decidí vivir aquí y abandonar mi Solaris. 

Ensayo a partir del libro NADA de Janne Teller


EL ALGUIEN QUE ABANDONAMOS POR UN ALGUIEN QUE NO SOMOS

El hombre está en busca de ser alguien, alguien reconocido, exitoso, inteligente, respetable, en busca de ser lo que sea, pero que signifique ser alguien para los demás. Nuestra vida está constituida por imaginarios y significados prefabricados por un una sociedad que idealiza el mundo. Estamos encadenados a un compromiso de ser alguien que signifique algo para los otros; cueste lo que cueste, pero se debe llegar al objetivo de dejar de ser uno más del montón.

La humanidad está sumergida en un mundo de parámetros y encasillamientos, tal vez vemos esto como una cuerda que los salva de sumergirnos en el lodo de la Nada, de lo pasajero, de lo que no es otra cosa que la vida misma. Todo lo que nace muere, como decía Pierre Anthon, el personaje de la historia “Nada” de JanneTeller, “desde el momento que nacemos estamos muriendo” paradójicamente estamos  huyendo de esa realidad. Nos negamos a reconocer que somos pasajeros, y si no reconocemos no estamos dispuestos a morir sin ser “alguien”.

¿Quién da el significado a las cosas, en manos que quién hemos puesto nuestra vida? Parece ser que le dimos la responsabilidad de pilotear nuestra existencia a los demás, al otro, a muchos, al mundo, a nadie. Ser alguien debería ser mi compromiso y mi responsabilidad, debería ser yo quién dé el significado a ese alguien que quiero ser, ese alguien debería ser mío y no del otro; ese alguien debería ser yo. Deberá ser yo y no él. Ese alguien ya existe desde que llegué al mundo.

Seré yo cuando deje de poner al juicio público la manera de conducir mi existencia, sólo estaré lleno de significados cuando deje de venderlos al consumo de los demás. En este momento podríamos sentarnos y hacernos las siguientes preguntas: ¿soy feliz? ¿Qué me hace feliz? ¿De quién depende mi felicidad? ¿La pongo en manos de los demás? las respuestas me darán algunas pautas para reflexionar sobre para qué o quién estoy viviendo y con ello, seguramente, responderíamos al interrogante “para dónde voy”

Mirar a tu lado derecho y luego a tu lado izquierdo y así sucesivamente a las demás direcciones, podría ser la mejor manera de darte cuenta de la cantidad de ideas y mascaras que cargamos; ver una sonrisa congelada y sin sentido; una mujer que intenta disimular su gordura apretando el vientre; un hombre que intenta parecer inteligente e interesante al responder al profesor con términos prestados de libros y autores reconocidos; a una joven que pretende disimular sus manchas faciales con polvo y maquillaje. Mirar y no reconocer a quien tiene la máscara, es más, mi máscara no me deja mirar quien soy realmente.

Salir del aula de experimentos que es el aula de clase y llegar a tu barrio, ver jugar los niños a la lleva, futbol, a los carritos y las barbies; darte cuenta que en un tiempo se homogenizarán y sus carcajadas infantiles y ruidosas, se transformaran en sonrisas fingidas o rostros llenos de inconformidad. Triste, vacío, Nada.

Quién pondrá fin a esa cadena. Precisamente la búsqueda se ser alguien se fusiona finalmente con el llegar a ser Nada, a no tener significado, a no tener valor propio, porque en fin de cuenta vendemos el valor que nos llena el espíritu por un valor monetario, económico, material, superficial, pasajero, vendido y fariseo con migo mismo.
Una de las afirmaciones filosóficas es que fuimos eyectados al mundo, a qué, no se sabe, pero lo que sabemos es que estamos aquí sujetos y libres al mismo tiempo, lo perjudicial es que tenemos miedo a la libertad, la mal interpretamos. No la ejercemos, la condicionamos a ataduras que supuestamente creemos que son libertad.

En la historia sufrimos una trasformación de milenios; de un ser primitivo pasamos a un ser racional. Creamos, descubrimos, experimentamos, soñamos, hicimos lo que quisimos, inventamos lo que fue, lo que es y lo que será también se inventará. Ejercimos nuestra libertad de vivir, terriblemente esa libertad la dejamos evaporar y creamos un mundo que nos ató a la exigencia de vivir para lo creado, de girar en torno a eso; de vivir para consumir y morir.

Quisimos darle el sentido a la historia, sin analizar que ese sentido solo lo conoceremos cuando esta termine, cuando desemboque en una meta. Y falsamente creímos que las metas finitas del hombre eran la meta de la historia. Quisimos ser dioses, quisimos ser la historia en sí. No entendimos que ese sentido no existe; no es la historia la que creó una razón absoluta del pasado, del presente y del futuro; fuimos nosotros los que la tergiversamos.

Es el momento y la hora justa de abandonar los conceptos universales, es el día y la fecha de sentarnos a reflexionar, hay que entender que ser histórico no es ser la historia absoluta; tenemos que entender que ser histórico no es ser igual, no es ser alguien para los demás, es ser alguien para mí, es vivir a plenitud y no a multitud. Ser diferente es tomar conciencia y comprender, es transformarnos, superarnos en torno al saber, a ejercer la libertad de tener ideas y pensamientos renovadores, míos, propios.

Finalmente es preciso analizar si queremos seguir siendo parte del espectáculo, de la escena, de la obra de teatro donde ser el mejor consiste en fingir con credibilidad, o pasamos a disfrutar de la obra desde el público y nos disponemos a vivir la vida, a abandonar la Nada, a darle un significado al vivir.