sábado, 11 de mayo de 2013

Crónica


EL DÍA EN QUE GUADUAS CONOCIÓ EL INFIERNO
Panorámica desde el Alto de Guaduas
Monte arriba corría Isabel Osorio de 38 años,  de cabello castaño claro, mejillas coloradas y cuerpo robusto, tratando de salvarse de la muerte, estaba dejando atrás toda  una vida, una historia que había comenzado a construir desde niña. Mientras avanzaba a paso firme junto a los demás habitantes de Guaduas, por su mente pasaban muchos pensamientos. Recordaba cuando su padre, un anciano de 73 años, en el lecho de la muerte le dijo “mija ahí le dejo años de trabajo, en sus manos tiene todo lo que hicimos su mamá y yo en la vida. Mientras tenga bien la tierrita  nunca pasará una necesidad” lo recuerda allí  acostado en un catre armado por palos de guaduas y troncos de madera, en una casita al lado de la cañada, de paredes echas de boñiga y techo  de tejas de zinc, la cual siempre estaba pintada de color blanco en sus interiores, un blanco hueso que se combinaba con el naranjado de las paredes de la fachada.
Como si viviera de nuevo esos momentos, ve a su madre lavando el arroz para sacarle los gorgojos, sentada en una mecedora de madera color azul en el corredor al lado de la cocina de leña, mientras ella cocía una blusa de flores que le había obsequiado su abuelo por su cumpleaños número doce. Atrás estaba dejando el lugar en que había sepultado a sus padres y parido a sus dos hijos  y lo que como  pudo cuidó y construyó a lo largo de años de trabajo duro. Sabía que no podía desfallecer  y que sus hijos, una niña y un niño de 14 y 13 años respectivamente, la esperaban en El Carmen, donde los había mandado luego de los rumores que decían que los “paracos” se iban a meter a la vereda a "ajusticiar" a los que ellos llamaban los sapos de la guerrilla. Isabel no corría sola, ella lo hacía con los demás hombres y mujeres que también lo perderían todo.
Lo que dejaban atrás
Guaduas, vereda de El Carmen de Atrato, pueblo del departamento de Chocó, construida por campesinos trabajadores de la minería y la agricultura. Era un lugar  rodeado por montañas y selva, sus alrededores se caracterizaban por verdes oscuros, claros, el colorido de las flores, el azul cristalino del agua del Rio Grande. El café del pantano espeso que en ocasiones quería tragarse carros y personas que se osaban a aventurar en el. Si algo beneficiaba este lugar era su riqueza forestal y su gran variedad de especies de aves y todo tipo de animales silvestres, tierra del tigrillo colombiano y las serpientes más mortíferas.
Allí vivían personas trabajadoras, campesinos que con esfuerzo construían lo que para ellos era su vida, su pedacito de mundo. De 6 de la mañana a 5 de la tarde se esforzaban por labrar la tierra, a sus espaldas llevaban sus más fieles compañeros, azadones, hachas, costales para la recolección y el abono de los cultivos y demás utensilios para el trabajo del campo. También estaban los que cuidaban el ganado y ordeñaban las vacas en la mañana y en la tarde, amas de casa que se montaban al hombro grandes cargas de leña y despachaban a  los niños que asistían a la escuelita al frente del único billar con que contaba la población.
Eran paso obligatorio de todo habitante de la vereda, sus húmedos bosques, sus enormes potreros en lomas y llanuras, también se debían cruzar nacimientos de agua y sus quebradas El Pedral, La Bomba, La Albería, La Empresa y el Rio Guaduas, para ir de un lugar a otro además de sus enigmáticos caminos de herradura; donde según los cuentos de los ancianos y algunos adultos, aparecían duendes, personajes como la Pata Sola, el Mohán, la Llorona y los demás llamados “espantos” de múltiples mitos y leyendas que la cultura ha creado en el territorio latinoamericano.  
Un lugar extenso, su sitio más poblado estaba comprendido por algunas casas de cemento, otras armadas en madera y algunas otras en madera y boñiga. El resto del lugar era conformado por algunas casas en los alrededores, separadas por  grandes distancias, unas en el monte, otras en enormes fincas ganaderas y las demás encaramadas en lomas, casi con las plantas y árboles metidas en las cocinas de leña y los patios en tierra.
Un ambiente muy acogedor a pesar de su grandeza; tenía el encanto de hacer sentir libre al que pisara sus tierras y recorriera sus pastos. Era lejano a cualquier otro sitio poblado por personas, y el acceso a este no era fácil ni para los más experimentados choferes; quien quisiera llegar a Guaduas, tenía que cruzar por estrechas carreteras sin pavimento y con abismos que iban a dar a los caudalosos ríos que adornaban el paisaje del departamento. Hermosos paisajes envolvían la atención de los despistados, en ocasiones si alguien se quedaba mirando a lo lejos, podía sentir miedo de verse tan pequeño en un sitio tan imponente y misterioso.
El único peligro al que se temía, era el de perderse en medio de tanto árbol y tanta espesura, las serpientes también causaban miedo, alguna que otra vez se podían ver enormes mata ganado de casi dos metros, muertas por un machetazo en los caminos de herradura.
Este lugar era una mezcla de selva y casas campesinas, su gente vivía con lo básico; el agua que nacía en las cumbres de los montes y la leña que se usaba para prender fogones y cocinar los alimentos. Los campesinos, católicos en su mayoría, veneraban a La Virgen del Carmen, a la cual le tenían gran fe y a la que se le oraba en familia con devoción a la luz de una vela o en la penumbra antes de dormir. En momentos de dificultad o en agradecimiento a algún favor, siempre estaba presente su fe ante ella. Como también siempre estaba colgando de sus cuellos un escapulario, para protección de los duendes o los malos espíritus y  de cualquier peligro, escapularios que eran bendecidos con agua bendita por el cura de la parroquia de la vereda, un santuario sencillo y pequeño; de cemento, con muros pintados de color café y tejas de eternit. Allí ningún domingo era indiferente, sus devotos siempre  dedicaban el horario de las 11 de la mañana de este día para agradecer a Dios por la culminación de una semana dura de trabajo y el inicio de la siguiente.
Espacios de fiesta y diversión
Como era costumbre ir a la misa del domingo, también lo eran las fiestas en el billar, una casa grande construida en madera, de dos pisos, en el primero se vendía el trago y las golosinas, en el segundo estaba la mesa de billar. Gran parte de los guadueños estaban allí riendo, tomando trago y cantando vallenatos; Yurany Saldarriaga atendía la tienda y ponía las canciones de Rafael Orozco, Diomedes Díaz y  muchos más artistas vallenateros, también se escuchaba música carrilera, de despecho y temas folklóricos colombianos. “Eso era una rumba y una alegría muy grande en ese billar, era un buen negocio y todos nos divertíamos mucho ahí, una nostalgia muy grande se apodera de uno cuando recuerda como éramos en Guaduas en esa época” comenta Yurany, mientras su mirada se aleja como si buscara esos instantes y los viviera nuevamente.
Mientras algunos hombres y mujeres compartían en el billar, otros estaban en la cancha diagonal a este, caracterizada por la tierra amarilla  y arcos sin mallas, en ella se realizaban partidos de futbol, en estos competían las mujeres contra los hombres más “troncos” como le decían a los que con solo patear el balón lo mandaban a los potreros vecinos. Los que sí eran capaces de meter un gol sin fracturar a las defensas o al arquero, esperaban al equipo ganador de este enfrentamiento deportivo para debatirse en una final de titanes, donde hasta el más ágil podía correr el riesgo de quedar cojo por varios días.
Los niños más pequeños también tenían su medio de entretenimiento, ellos sí que se apasionaban en su combate “corran para abajo que el ejército se nos metió por la Arboleda, avancen a arrastre bajo" o "vamos a emboscar a esos maricas” gritaban los niños jugando al ejército y la guerrilla. Ese era el juego más popular y con el que más se divertían, se tomaban tan enserio este juego, que cada uno tenía un fusil de madera, perfectamente fabricado por ellos o por alguno de sus papás. Para esta época la vereda ya era un campo de batalla, claro que sin muertos y sangre reales.
El rumor
Por El Carmen  y luego por Guaduas cogía fuerza un rumor, en el que según la gente, los paramilitares habían planeado entrar a la vereda para "cuadrar cuentas” con algunas personas, las cuales según ellos, le estaban pasando información a la guerrilla. Lo que más estigmatizaba a esta población era que “mucha gente del grupo guerrillero ERG (Ejército Revolucionario Guevarista) eran personas que habían nacido en Guaduas” como cuenta Francisco Ochoa, un campesino con 63 años, de piel curtida, ojos café claro y cabello canoso.
La gente ya sabía cómo eran los procedimientos de los grupos armados cuando decían que iban a "cuadrar cuentas" con alguien, sí que lo sabían, y sí que lo temían. Por tal motivo, la mayoría de niños con sus familias abandonaron el lugar y se refugiaron en el pueblo; por su parte los demás, escépticos o los que no tenían a donde ir  permanecieron en la vereda. Si bien sabían que de ser cierto ese rumor correrían un enorme peligro, estas personas no se imaginaban el horror al que se verían enfrentados a manos del frente paramilitar Cacique Nutibara de las AUC.  
“Ya a nosotros nos habían dicho que los paracos se iban a meter a la vereda, ellos decían que éramos sapos de la guerrilla, igual no toda la gente prestó atención y no era porque no creyeran, simplemente no tenían para donde coger con sus cosas y sentían que no debían nada”. Cuenta Regina Sánchez, habitante en ese entonces de Guaduas. Si bien dice el dicho que “soldado avisado no muere en guerra”, para algunos este refrán no aplicó.
El día del apocalipsis
El día 18 de abril, del año 1998, a las cinco de la mañana; el demonio de la guerra amenazaba con convertir a Guaduas en un infierno terrenal. En la vereda, solo se podía ver las siluetas negras de las montañas que la acompañaban, permanecía oscura en su mayoría desde aproximadamente las 6:40 de la noche del día anterior, pues solo había algunas plantas de energía eléctrica las cuales eran privilegio de pocos.
A esta hora, Felipe Penagos, un hombre de 27 años, estatura media y cuerpo delgado, que vivía con su hijo de 6 años y su mujer, ensillaba una bestia para partir monte arriba a trabajar. Mientras Felipe se preparaba para su jornada de trabajo, fue abordado por miembros del frente paramilitar Cacique Nutibara que ingresaron a la vereda por la Arboleda “parte alta de Guaduas” a él lo asesinaron sin medir palabras, Felipe fue atado de manos y pies, lo degollaron con una motosierra.
“Cuando a mi esposo lo mataron, estaba en la finca La Mosca, iba a trabajar, él no le debía nada a nadie; yo aún no entiendo porqué me lo mataron así” fueron las palabras de Elisa Zuleta, esposa de Felipe,  mientras mira hacia el techo y seca  con las manos algunas lagrimas. Pero las cosas no acababan ahí, por el contrario, el infierno que se aproximaba era aun peor. Los paramilitares siguieron como un huracán enfurecido acabando con todo a su paso; las balas retumbaban en los oídos de las gentes que silenciosamente, con tal cuidado de no ser descubiertos, se dirigían a la cañada que se situaba a un costado de la vereda para subir por esta y emprender camino por la montaña para refugiarse en las partes altas. Unos se escaparon por La Convención, un cañón por donde se salía al departamento de Antioquia, y otros se fueron por La Puria, una trocha que llevaba a la carretera.
Algunos guadueños permanecían en sus casas, su edad o algún otro motivo no les permitían salir y cayeron en manos de los hombres vestidos de uniforme camuflado, a los que en ocasiones habían atendido por miedo o por amabilidad en sus patios y potreros, ese día estos se transformaban en sus verdugos. Tal fue el caso de Oliva Caro, una anciana de 69 años que presenció la muerte de su hijo, un hombre de 46 años con retraso cognitivo. A ella la dejaron irse, pero con un inmenso dolor, Oliva no solo dejaba su tierra, ella tuvo que dejar el cuerpo de su hijo en el rio, los paramilitares lo habían lanzado por un barranco después de haberlo matado.
"Disfrutaban lo que hacían, torturaron sin motivos. A un joven le abrieron el estomago, le sacaron los intestinos y lo atravesaron con un palo de escoba, luego lo tiraron al rio. Esos no tenían  mente ni corazón, ni mucho menos misericordia" se expresa Blanca Sánchez, de 62 años,  hija, madre y abuela en una de las familias más conocidas y más antiguas en Guaduas.
Casa por casa pasaban tumbando puertas y ventanas, como sabuesos cazando conejos o armadillos, buscaban rincón a rincón a los que según ellos "se las debían". Para las 6:20 de la mañana, ya no se sentían disparos, en la vereda no quedaban campesinos, o por lo menos campesinos vivos, los paramilitares comandados por alias "Tasmania" habían acabado con prácticamente todo.
La gente que no había salido todavía a la carretera, la cual estaba al otro lado de la montaña, pudo observar como las AUC creyéndose dueños de sus vidas, sus animales y sus tierras, prendieron fuego a las aproximadamente sesenta casas; estas en su mayoría de madera, avivaron el fuego. Guaduas parecía una caldera con llamas de extremo a extremo.
El dolor cruzaba el pecho de estos hombres y mujeres con tal intensidad que respirar les era una tarea muy difícil, las lágrimas que caían de sus ojos no eran suficientes para exorcizar lo que  taladraba hasta las más escondidas cavernas de su interior. El peso que cargaban se transformaba en una especie de bulto en la garganta, una sensación que desquebrajada sus palabras y las convertía en lamentos, lamentos llenos de tristeza y otros de rabia al verse indefensos ante semejante acontecimiento. Otros agradecían a la Virgen del Carmen que tenían vida. Isabel Osorio hacia parte de los que vieron el incendio, ella junto a Julio Tuberquia, un hombre de 34 años, corpulento y de estatura alta, ayudaban a algunas personas dándoles animo y alentándolas para seguir monte arriba hasta llegar a la carretera y estar a salvo.
"Uno sentía mucha tristeza, a pesar que lo perdimos todo, lo más duro fue ver como mataban personas que eran nuestros vecinos, amigos y familia. Esas sí que son heridas que quedan en el corazón hasta que ya se deje de habitar este mundo". Comenta  Isabel Osorio.
Cuando salieron a la carretera, sintieron un alivio de saberse a salvo; caminaron por largas horas, lograron llegar a su destino y se encontraron con sus seres queridos. Los tres días siguientes al desplazamiento y la destrucción perpetrada por el frente Cacique Nutibara, la devastada vereda sirvió de hospedaje para este grupo paramilitar, responsable de dejar en ruinas a lo que sería el hogar de más de sesenta familias. Los meses siguientes, Guaduas era una vereda fantasma. En su cancha, su escuela, su billar y su iglesia, solo reinaba el silencio. Sus caminos de herradura, los potreros y las tierras, se convertirían en campamentos y propiedad de la guerrilla por largo tiempo.
Memoria del pasado y reconstrucción de un presente
Pasaron siete años para que Guaduas volviera a recibir a algunos de sus antiguos habitantes, con el plan retorno, encabezado por el ex presidente Álvaro Uribe Vélez y el Ejercito Nacional, se logró devolver las tierras a los campesinos desplazados por las AUC.
A la vereda fueron retornando paulatinamente sus habitantes, si bien cuando llegaron, encontraron un lugar muy diferente al de antes, casi todas las casas estaban caídas y la intemperie había debilitado las demás estructuras, ellos volvieron a parar sus casas y comenzaron de nuevo el trabajo en los campos de cultivo, la cría de ganado y volvieron a trabajar la minería en el rio.
Aunque  no es fácil volver a ser los mismos de antes, pues no todos han regresado, algunos están viviendo en la ciudad de  Medellín o en otras ciudades del país, los pobladores de Guaduas, trabajan para que el lugar que los vio nacer y vio crecer a sus familias sea cada día mejor.
Hoy catorce años después, este azotado rincón del país conoce qué es tener un circuito eléctrico en todas sus casas. Hace catorce meses, gracias a un acuerdo entre el anterior Gobierno y el desmovilizado grupo guerrillero ERG, que en su mayoría son oriundos de este lugar, la vereda recibe ayuda del Estado para la restauración de algunos espacios y servicio de electricidad.

Por Jonathan Henao Saldarriaga


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