EL DÍA EN QUE GUADUAS CONOCIÓ EL INFIERNO
Panorámica desde el Alto de
Guaduas
Monte arriba corría Isabel
Osorio de 38 años, de cabello castaño claro, mejillas coloradas y cuerpo
robusto, tratando de salvarse de la muerte, estaba dejando atrás toda una
vida, una historia que había comenzado a construir desde niña. Mientras
avanzaba a paso firme junto a los demás habitantes de Guaduas, por su mente
pasaban muchos pensamientos. Recordaba cuando su padre, un anciano de 73 años,
en el lecho de la muerte le dijo “mija ahí le dejo años de trabajo, en sus
manos tiene todo lo que hicimos su mamá y yo en la vida. Mientras tenga bien la
tierrita nunca pasará una necesidad” lo recuerda allí acostado en
un catre armado por palos de guaduas y troncos de madera, en una casita al lado
de la cañada, de paredes echas de boñiga y techo de tejas de zinc, la cual
siempre estaba pintada de color blanco en sus interiores, un blanco hueso que
se combinaba con el naranjado de las paredes de la fachada.
Como si viviera de nuevo
esos momentos, ve a su madre lavando el arroz para sacarle los gorgojos,
sentada en una mecedora de madera color azul en el corredor al lado de la
cocina de leña, mientras ella cocía una blusa de flores que le había obsequiado
su abuelo por su cumpleaños número doce. Atrás estaba dejando el lugar en que
había sepultado a sus padres y parido a sus dos hijos y lo que como
pudo cuidó y construyó a lo largo de años de trabajo duro. Sabía que no podía
desfallecer y que sus hijos, una niña y un niño de 14 y 13 años
respectivamente, la esperaban en El Carmen, donde los había mandado luego de
los rumores que decían que los “paracos” se iban a meter a la vereda a
"ajusticiar" a los que ellos llamaban los sapos de la guerrilla.
Isabel no corría sola, ella lo hacía con los demás hombres y mujeres que
también lo perderían todo.
Lo que dejaban atrás
Guaduas, vereda de El
Carmen de Atrato, pueblo del departamento de Chocó, construida por campesinos
trabajadores de la minería y la agricultura. Era un lugar rodeado por montañas y selva, sus alrededores
se caracterizaban por verdes oscuros, claros, el colorido de las flores, el
azul cristalino del agua del Rio Grande. El café del pantano espeso que en
ocasiones quería tragarse carros y personas que se osaban a aventurar en el. Si
algo beneficiaba este lugar era su riqueza forestal y su gran variedad de especies
de aves y todo tipo de animales silvestres, tierra del tigrillo colombiano y
las serpientes más mortíferas.
Allí vivían personas
trabajadoras, campesinos que con esfuerzo construían lo que para ellos era su
vida, su pedacito de mundo. De 6 de la mañana a 5 de la tarde se esforzaban por
labrar la tierra, a sus espaldas llevaban sus más fieles compañeros, azadones,
hachas, costales para la recolección y el abono de los cultivos y demás
utensilios para el trabajo del campo. También estaban los que cuidaban el
ganado y ordeñaban las vacas en la mañana y en la tarde, amas de casa que se
montaban al hombro grandes cargas de leña y despachaban a los niños que
asistían a la escuelita al frente del único billar con que contaba la
población.
Eran paso obligatorio de
todo habitante de la vereda, sus húmedos bosques, sus enormes potreros en lomas
y llanuras, también se debían cruzar nacimientos de agua y sus quebradas El
Pedral, La Bomba, La Albería, La Empresa y el Rio Guaduas, para ir de un lugar
a otro además de sus enigmáticos caminos de herradura; donde según los cuentos
de los ancianos y algunos adultos, aparecían duendes, personajes como la Pata
Sola, el Mohán, la Llorona y los demás llamados “espantos” de múltiples mitos y
leyendas que la cultura ha creado en el territorio latinoamericano.
Un lugar extenso, su sitio
más poblado estaba comprendido por algunas casas de cemento, otras armadas en
madera y algunas otras en madera y boñiga. El resto del lugar era conformado
por algunas casas en los alrededores, separadas por grandes distancias,
unas en el monte, otras en enormes fincas ganaderas y las demás encaramadas en
lomas, casi con las plantas y árboles metidas en las cocinas de leña y los
patios en tierra.
Un ambiente muy acogedor a
pesar de su grandeza; tenía el encanto de hacer sentir libre al que pisara sus
tierras y recorriera sus pastos. Era lejano a cualquier otro sitio poblado por
personas, y el acceso a este no era fácil ni para los más experimentados
choferes; quien quisiera llegar a Guaduas, tenía que cruzar por estrechas
carreteras sin pavimento y con abismos que iban a dar a los caudalosos ríos que
adornaban el paisaje del departamento. Hermosos paisajes envolvían la atención
de los despistados, en ocasiones si alguien se quedaba mirando a lo lejos,
podía sentir miedo de verse tan pequeño en un sitio tan imponente y misterioso.
El único peligro al que se
temía, era el de perderse en medio de tanto árbol y tanta espesura, las
serpientes también causaban miedo, alguna que otra vez se podían ver enormes
mata ganado de casi dos metros, muertas por un machetazo en los caminos de
herradura.
Este lugar era una mezcla
de selva y casas campesinas, su gente vivía con lo básico; el agua que nacía en
las cumbres de los montes y la leña que se usaba para prender fogones y cocinar
los alimentos. Los campesinos, católicos en su mayoría, veneraban a La Virgen
del Carmen, a la cual le tenían gran fe y a la que se le oraba en familia con
devoción a la luz de una vela o en la penumbra antes de dormir. En momentos de
dificultad o en agradecimiento a algún favor, siempre estaba presente su fe
ante ella. Como también siempre estaba colgando de sus cuellos un escapulario,
para protección de los duendes o los malos espíritus y de cualquier peligro, escapularios que eran
bendecidos con agua bendita por el cura de la parroquia de la vereda, un
santuario sencillo y pequeño; de cemento, con muros pintados de color café y
tejas de eternit. Allí ningún domingo era indiferente, sus devotos
siempre dedicaban el horario de las 11 de la mañana de este día para
agradecer a Dios por la culminación de una semana dura de trabajo y el inicio
de la siguiente.
Espacios de fiesta y diversión
Como era costumbre ir a la
misa del domingo, también lo eran las fiestas en el billar, una casa grande
construida en madera, de dos pisos, en el primero se vendía el trago y las
golosinas, en el segundo estaba la mesa de billar. Gran parte de los guadueños
estaban allí riendo, tomando trago y cantando vallenatos; Yurany Saldarriaga
atendía la tienda y ponía las canciones de Rafael Orozco, Diomedes Díaz y
muchos más artistas vallenateros, también se escuchaba música carrilera, de
despecho y temas folklóricos colombianos. “Eso era una rumba y una alegría muy
grande en ese billar, era un buen negocio y todos nos divertíamos mucho ahí,
una nostalgia muy grande se apodera de uno cuando recuerda como éramos en
Guaduas en esa época” comenta Yurany, mientras su mirada se aleja como si
buscara esos instantes y los viviera nuevamente.
Mientras algunos hombres y
mujeres compartían en el billar, otros estaban en la cancha diagonal a este,
caracterizada por la tierra amarilla y arcos sin mallas, en ella se
realizaban partidos de futbol, en estos competían las mujeres contra los
hombres más “troncos” como le decían a los que con solo patear el balón lo
mandaban a los potreros vecinos. Los que sí eran capaces de meter un gol sin
fracturar a las defensas o al arquero, esperaban al equipo ganador de este
enfrentamiento deportivo para debatirse en una final de titanes, donde hasta el
más ágil podía correr el riesgo de quedar cojo por varios días.
Los niños más pequeños
también tenían su medio de entretenimiento, ellos sí que se apasionaban en su
combate “corran para abajo que el ejército se nos metió por la Arboleda,
avancen a arrastre bajo" o "vamos a emboscar a esos maricas” gritaban
los niños jugando al ejército y la guerrilla. Ese era el juego más popular y
con el que más se divertían, se tomaban tan enserio este juego, que cada uno
tenía un fusil de madera, perfectamente fabricado por ellos o por alguno de sus
papás. Para esta época la vereda ya era un campo de batalla, claro que sin
muertos y sangre reales.
El rumor
Por El Carmen y luego
por Guaduas cogía fuerza un rumor, en el que según la gente, los paramilitares
habían planeado entrar a la vereda para "cuadrar cuentas” con algunas
personas, las cuales según ellos, le estaban pasando información a la
guerrilla. Lo que más estigmatizaba a esta población era que “mucha gente del
grupo guerrillero ERG (Ejército Revolucionario Guevarista) eran personas que
habían nacido en Guaduas” como cuenta Francisco Ochoa, un campesino con 63
años, de piel curtida, ojos café claro y cabello canoso.
La gente ya sabía cómo eran
los procedimientos de los grupos armados cuando decían que iban a "cuadrar
cuentas" con alguien, sí que lo sabían, y sí que lo temían. Por tal
motivo, la mayoría de niños con sus familias abandonaron el lugar y se
refugiaron en el pueblo; por su parte los demás, escépticos o los que no tenían
a donde ir permanecieron en la vereda. Si bien sabían que de ser cierto
ese rumor correrían un enorme peligro, estas personas no se imaginaban el
horror al que se verían enfrentados a manos del frente paramilitar Cacique
Nutibara de las AUC.
“Ya a nosotros nos habían
dicho que los paracos se iban a meter a la vereda, ellos decían que éramos
sapos de la guerrilla, igual no toda la gente prestó atención y no era porque
no creyeran, simplemente no tenían para donde coger con sus cosas y sentían que
no debían nada”. Cuenta Regina Sánchez, habitante en ese entonces de Guaduas.
Si bien dice el dicho que “soldado avisado no muere en guerra”, para algunos
este refrán no aplicó.
El día del apocalipsis
El día 18 de abril, del año
1998, a las cinco de la mañana; el demonio de la guerra amenazaba con convertir
a Guaduas en un infierno terrenal. En la vereda, solo se podía ver las siluetas
negras de las montañas que la acompañaban, permanecía oscura en su mayoría
desde aproximadamente las 6:40 de la noche del día anterior, pues solo había
algunas plantas de energía eléctrica las cuales eran privilegio de pocos.
A esta hora, Felipe
Penagos, un hombre de 27 años, estatura media y cuerpo delgado, que vivía con
su hijo de 6 años y su mujer, ensillaba una bestia para partir monte arriba a
trabajar. Mientras Felipe se preparaba para su jornada de trabajo, fue abordado
por miembros del frente paramilitar Cacique Nutibara que ingresaron a la vereda
por la Arboleda “parte alta de Guaduas” a él lo asesinaron sin medir palabras,
Felipe fue atado de manos y pies, lo degollaron con una motosierra.
“Cuando a mi esposo lo
mataron, estaba en la finca La Mosca, iba a trabajar, él no le debía nada a
nadie; yo aún no entiendo porqué me lo mataron así” fueron las palabras de
Elisa Zuleta, esposa de Felipe, mientras mira hacia el techo y
seca con las manos algunas lagrimas. Pero las cosas no acababan ahí, por
el contrario, el infierno que se aproximaba era aun peor. Los paramilitares
siguieron como un huracán enfurecido acabando con todo a su paso; las balas
retumbaban en los oídos de las gentes que silenciosamente, con tal cuidado de
no ser descubiertos, se dirigían a la cañada que se situaba a un costado de la
vereda para subir por esta y emprender camino por la montaña para refugiarse en
las partes altas. Unos se escaparon por La Convención, un cañón por donde se
salía al departamento de Antioquia, y otros se fueron por La Puria, una trocha
que llevaba a la carretera.
Algunos guadueños
permanecían en sus casas, su edad o algún otro motivo no les permitían salir y
cayeron en manos de los hombres vestidos de uniforme camuflado, a los que en
ocasiones habían atendido por miedo o por amabilidad en sus patios y potreros,
ese día estos se transformaban en sus verdugos. Tal fue el caso de Oliva Caro,
una anciana de 69 años que presenció la muerte de su hijo, un hombre de 46 años
con retraso cognitivo. A ella la dejaron irse, pero con un inmenso dolor, Oliva
no solo dejaba su tierra, ella tuvo que dejar el cuerpo de su hijo en el rio,
los paramilitares lo habían lanzado por un barranco después de haberlo matado.
"Disfrutaban lo que
hacían, torturaron sin motivos. A un joven le abrieron el estomago, le sacaron
los intestinos y lo atravesaron con un palo de escoba, luego lo tiraron al rio.
Esos no tenían mente ni corazón, ni
mucho menos misericordia" se expresa Blanca Sánchez, de 62 años, hija, madre y abuela en una de las familias
más conocidas y más antiguas en Guaduas.
Casa por casa pasaban
tumbando puertas y ventanas, como sabuesos cazando conejos o armadillos,
buscaban rincón a rincón a los que según ellos "se las debían". Para
las 6:20 de la mañana, ya no se sentían disparos, en la vereda no quedaban
campesinos, o por lo menos campesinos vivos, los paramilitares comandados por
alias "Tasmania" habían acabado con prácticamente todo.
La gente que no había
salido todavía a la carretera, la cual estaba al otro lado de la montaña, pudo
observar como las AUC creyéndose dueños de sus vidas, sus animales y sus
tierras, prendieron fuego a las aproximadamente sesenta casas; estas en su
mayoría de madera, avivaron el fuego. Guaduas parecía una caldera con llamas de
extremo a extremo.
El dolor cruzaba el pecho
de estos hombres y mujeres con tal intensidad que respirar les era una tarea muy
difícil, las lágrimas que caían de sus ojos no eran suficientes para exorcizar
lo que taladraba hasta las más escondidas cavernas de su interior. El
peso que cargaban se transformaba en una especie de bulto en la garganta, una
sensación que desquebrajada sus palabras y las convertía en lamentos, lamentos
llenos de tristeza y otros de rabia al verse indefensos ante semejante
acontecimiento. Otros agradecían a la Virgen del Carmen que tenían vida. Isabel
Osorio hacia parte de los que vieron el incendio, ella junto a Julio Tuberquia,
un hombre de 34 años, corpulento y de estatura alta, ayudaban a algunas
personas dándoles animo y alentándolas para seguir monte arriba hasta llegar a
la carretera y estar a salvo.
"Uno sentía mucha
tristeza, a pesar que lo perdimos todo, lo más duro fue ver como mataban
personas que eran nuestros vecinos, amigos y familia. Esas sí que son heridas
que quedan en el corazón hasta que ya se deje de habitar este mundo".
Comenta Isabel Osorio.
Cuando salieron a la
carretera, sintieron un alivio de saberse a salvo; caminaron por largas horas,
lograron llegar a su destino y se encontraron con sus seres queridos. Los tres
días siguientes al desplazamiento y la destrucción perpetrada por el frente
Cacique Nutibara, la devastada vereda sirvió de hospedaje para este grupo
paramilitar, responsable de dejar en ruinas a lo que sería el hogar de más de
sesenta familias. Los meses siguientes, Guaduas era una vereda fantasma. En su
cancha, su escuela, su billar y su iglesia, solo reinaba el silencio. Sus
caminos de herradura, los potreros y las tierras, se convertirían en
campamentos y propiedad de la guerrilla por largo tiempo.
Memoria del pasado y reconstrucción de un presente
Pasaron siete años para que
Guaduas volviera a recibir a algunos de sus antiguos habitantes, con el plan
retorno, encabezado por el ex presidente Álvaro Uribe Vélez y el Ejercito
Nacional, se logró devolver las tierras a los campesinos desplazados por las
AUC.
A la vereda fueron
retornando paulatinamente sus habitantes, si bien cuando llegaron, encontraron
un lugar muy diferente al de antes, casi todas las casas estaban caídas y la
intemperie había debilitado las demás estructuras, ellos volvieron a parar sus
casas y comenzaron de nuevo el trabajo en los campos de cultivo, la cría de
ganado y volvieron a trabajar la minería en el rio.
Aunque no es fácil volver a ser los mismos de antes,
pues no todos han regresado, algunos están viviendo en la ciudad de Medellín o en otras ciudades del país, los pobladores
de Guaduas, trabajan para que el lugar que los vio nacer y vio crecer a sus
familias sea cada día mejor.
Hoy catorce años después,
este azotado rincón del país conoce qué es tener un circuito eléctrico en todas
sus casas. Hace catorce meses, gracias a un acuerdo entre el anterior Gobierno
y el desmovilizado grupo guerrillero ERG, que en su mayoría son oriundos de
este lugar, la vereda recibe ayuda del Estado para la restauración de algunos
espacios y servicio de electricidad.
Por Jonathan Henao Saldarriaga

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