Modus
operandi de la delincuencia común en Bolívar Prado Medellín
Centro
Comercial Los Puentes, plataforma B. /FOTO JONATHAN HENAO.
8:00 de la mañana. Ha salido
el sol en la ciudad de Medellín y en el sector de los puentes, Prado Centro, se
prenden motores para iniciar el día laboral y con él, la “actividad económica”
más rentable y que más clientes atrae, y no es la venta de CD´s piratas o los
productos usados de todos los tamaños y usos que se encuentran en el piso o en
los pequeños locales, esta es la venta de alucinógenos que mueve gran parte del
dinero que llega a este lugar.
Al sector llegan clientes en
motocicletas, transeúntes y conductores de todo tipo de carros, desde Renault 4
hasta las más lujosas camionetas. Al llegar los clientes, los vendedores se
acercan, reciben el pedido e ingresan al Centro Comercial Los Puentes,
plataforma B, donde guardan la droga en botes de basura, grietas en los muros,
materas y demás lugares. Estos han aprendido a arreglárselas para esconder en
lugares inimaginables su “mercancía”, y así esquivar las constantes llegadas de
la policía para hacer requisas y tratar de cogerlos “con las manos en la masa”.
Habitantes
de la calle del sector. /FOTO JONATHAN HENAO.
Este ambiente es muy
distinto al que comúnmente vivimos la mayoría de ciudadanos, es un universo
completamente diverso; en las personas se pueden apreciar rostros cansados,
algunos transmiten humildad, otros rabia y mal humor; aquí todo es muy
complejo, pues es solo un punto de todo el sector conocido como Bolívar Prado.
Caminando un poco hacia las calles justo debajo del carril del Metro, resulta extraño el contraste al ver pasar por encima de nuestras miradas un símbolo de progreso para la ciudad, caracterizado por la cultura y la limpieza de rincón a rincón; al bajar la mirada se divisan unas calles sucias, con olor a orines y a excremento humano en gran parte de ellas. El colorido paisaje es adornado por el color de las frutas y hortalizas que hombres y mujeres ofrecen en carretas al lado de la calle; podría asegurar que es uno de los sectores con más panaderías y ventas de todo tipo que existe el centro de la ciudad.
Cada diez pasos se escuchan diferentes ritmos musicales, canciones de Diomedes Díaz, Darío Gómez, Arcángel, Grupo Niche y muchos otros, son sonadas en grabadoras de venteros de música, películas y videojuegos a lado y lado de los andenes.
En cada esquina hay hombres y mujeres con aspecto desarreglado y con caras de malandrines esperando como gallinazos en acecho de la carroña a que pase alguna persona por su lado para decirle entre dientes y en tono de secreto “le tengo armaditos, ¿qué busca?”. En este lugar también están los habitantes de la calle, que recientemente han cobrado gran importancia en las ollas de vicio del sector; estos en sus ropas mugrientas, sus bolsas o costales y en sus cambuches, han comenzado a prestar el servicio de guardar la droga a los venteros de vicio y así evadir los controles realizados por los miembros de la policía.
Kewy es uno de ellos, tiene 15 años, él se beneficia de esta nueva táctica delincuencial, “yo solo les guardo los baretos a los manes y ellos me dan un porcentaje mínimo de lo que vendan o me pagan con marihuana” comenta. No todos tienen la oportunidad que tiene este personaje, sólo los dueños de la confianza de los miembros de las ollas tienen este “trabajo”. Los más pilosos y pendientes de la llegada de “los tombos” entran en este sistema.
Calle
que conduce a los bares del sector de las Empresas Públicas. /FOTO JONATHAN
HENAO.
Las horas transcurren y el
sol se encuentra encima de las cabezas de las personas, en este lugar las cosas
no se quedan quietas, todo va a gran velocidad. ¡Pedro, Pedro! Gritan algunos
indigentes, están avisando la llegada de la policía; todos reaccionan
rápidamente, se dispersan y algunos alcanzar a esconder lo que tengan de droga.
Mucha de ella está a salvo debajo de piedras y en llantas viejas de carro
custodiadas por los habitantes de calle que están tirados en el piso o sentados
al lado de una bodega de reciclaje al frente del lugar donde se está realizando
la requisa.
Por ahora todo salió bien y continúa la normalidad, luego de la última visita de la policía, los hombres vienen a pedir la droga a Kewy en cuenta gotas por cada comprador que aparezca; no se quieren arriesgar. Este negocio transcurre con un equilibrio casi sin interrupciones. “La venta de droga es normal acá, mucha gente compra, otros no, los mismo pelaos me compran jugos a mí, es algo de todos los días, hace parte de la economía” comenta entre risas Teresa Suárez, dueña de un local de jugos.
Comienza a atardecer y la policía llega nuevamente, pero esta vez no sólo requisa en los puentes, ahora ha puesto sus ojos en los habitantes de la calle; llegan donde Kewy y le ordenan que vacíe la bolsa que tiene, él se niega y entonces le ordenan que la bote en uno de los basureros de la bodega de reciclaje, él hace caso, sabe que no perderá nada en hacerlo. Los policías hacen lo mismo con los demás indigentes, sin dar con la droga terminan y se van.
Por este día la estrategia con los habitantes de la calle a funcionado nuevamente; Kewy recibe unas monedas y los vendedores se van a otros sectores o a pequeños kioscos que están debajo del metro.
6:45 pm. Entra la noche y
con esta nace un nuevo mundo, las calles ahora tienen muchas más personas que
en la mañana y en la tarde, estas se llenan de ventas de chorizos en carritos
de fritanga, trabajadoras sexuales al acecho de clientes; mucha gente espera en
los paraderos de buses, grupos de travestis muestran sus cuerpos con diminutas
blusas y faldas en la llamada “calle del pecado”. Algunas personas llegan,
otros se van, para algunos ha terminado la labor y para otros apenas comienza
en los casinos, bares, hoteles, esquinas, y así sucesivamente se repite el día
a día en un lugar que para algunos representa lo más parecido al infierno y
para otros lo más cercano al cielo.
Por Jonathan Henao Saldarriaga.



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